¿Vale la pena contratar una consultoría? Lo que tiene que estar listo antes de firmar
Contratar una consultoría no equivale a estar preparado para aprovecharla. El trabajo empieza antes del informe, cuando la empresa decide qué está dispuesta a revisar y con qué recursos puede hacerlo.
Cuando uno lleva el carro al taller, va preparado. Sabe que el mecánico lo va a revisar, que algo va a aparecer y que probablemente toque pagar un repuesto o dejar el carro un par de días. Nadie sale indignado porque le dijeron que había que cambiar las pastillas de freno. Para eso lo llevó.
Pero con las consultorías pasa algo raro. A veces nos buscan para que les digamos lo que quieren oír, que con una sonrisa les digamos que todo está perfecto y que no entendemos muy bien para qué vinieron. Y eso no pasa en la vida real. Siempre aparece algo.
Esta reflexión nace de muchos años en consultoría de estrategia y comunicación, y de un genuino interés por ayudar a que las empresas saquen el máximo provecho de ese esfuerzo, en lugar de contratar a un experto en cualquier área para luego, a la hora de la acción, no implementar nada.
Porque sí pasa, y pasa mucho. Lo hablo con colegas con los que comparto oficio, y con otros que trabajan en sectores muy distintos, pero la historia es la misma. Se encarga el estudio, o el diagnóstico, se tienen las reuniones, se explica la situación, se entrega la hoja de ruta, y ahí se detiene todo. Como nada cambia, nada mejora, y al final la conclusión es que la consultoría fue una pérdida de tiempo y de plata, para todos. Con los años entendí que casi siempre es un problema de preparación, y que la preparación empieza antes de firmar. Así que prefiero compartir lo que yo revisaría antes de contratar una consultoría, sea de estrategia, de logística, ambiental, legal o de lo que sea, y cómo sacarle provecho una vez que está andando.
¿Qué hay que preguntarse antes de contratar?
La primera decisión es si este es el momento, y se toma antes de pedir propuestas. Vale la pena porque el valor de una consultoría depende mucho de condiciones que pone quien contrata. Cuando la Oficina Nacional de Auditoría del Reino Unido revisó el año pasado cómo usan los ministerios a los consultores externos, concluyó que aportan menos cuando se los contrata sin necesidad real, cuando el contrato está mal planteado o cuando no reciben el apoyo que necesitan. Las tres cosas se pueden revisar antes de firmar, y yo lo haría con tres preguntas.
¿Estamos dispuestos a cambiar lo que salga? Es la pregunta de la voluntad, y conviene hacerla en serio. Un ejercicio útil es escribir, antes de empezar, qué cosas no están en discusión. Si el empaque, el canal de venta o la política comercial no se van a tocar pase lo que pase, es mejor decirlo y sacarlo del alcance que descubrirlo con el informe en la mano.
¿Tenemos con qué ejecutarlo? La voluntad no alcanza si no hay plata, gente o tiempo, y ese límite es real y más común de lo que se admite. En la encuesta de Gartner de este año a 401 líderes de marketing de Norteamérica y Europa, el 56% dijo que su área no tiene el presupuesto necesario para ejecutar su estrategia de 2026, y el 54% dijo que no tiene los recursos suficientes. Deloitte, que también ofrece consultoría en estrategia, llegó a algo parecido en su encuesta de 2026 a líderes de estrategia. Para muchos de ellos, lo que los limita es la capacidad y la coherencia más que el conocimiento, y esa brecha no se cierra simplemente sumando ayuda externa. Si el presupuesto es el límite, hay dos salidas honestas. Acotar el alcance a lo que de verdad se va a poder ejecutar, o reservar desde el principio una parte del presupuesto para implementar.
¿Quién va a decidir qué se hace con cada recomendación, y para cuándo? Tiene que haber un nombre, y tiene que ser el de alguien que pueda mover presupuesto y prioridades, que muchas veces no es quien coordina la consultoría. Y una fecha para esa decisión, acordada antes de que empiece el trabajo.
Si alguna de las tres respuestas es no, no pasa nada, pero todavía no es momento de contratar, y esperar sale más barato que pagar un diagnóstico que se va a quedar en una carpeta, envejeciendo hasta que sea inutilizable y toque hacer otro cuando realmente estén las condiciones para ejecutarse.
Hacer una consultoría no es solo para saber, sino para hacer.
¿Cómo se trabaja con una consultoría para que sirva?
Una vez que se contrata, hay tres cosas que cambian mucho el resultado, y las tres dependen de la empresa.
La primera es meter desde el principio a las áreas que van a tener que mover algo, que en mi caso casi siempre son comunicación, mercadeo, servicio, asuntos políticos y alguna más. Si se enteran del proyecto cuando llega el informe, lo van a recibir como algo que les cayó de arriba, y con razón.
La segunda es darle a la consultoría acceso a las personas que de verdad hacen el trabajo, y no solo a quien firmó el contrato. Un diagnóstico armado con dos entrevistas en la gerencia va a describir la empresa que la gerencia cree tener.
La tercera es acordar desde el inicio qué se va a entregar. Un diagnóstico no es lo mismo que una hoja de ruta, y una hoja de ruta no es lo mismo que acompañar la implementación. Muchas frustraciones nacen de haber comprado una cosa esperando otra.
Y conviene tener claro hasta dónde llega el consultor. El consultor puede ayudar a diseñar y acompañar la implementación. Lo que no puede hacer es sustituir la autoridad que la empresa no le ha dado ni comprometer recursos que la dirección no ha aprobado.
Un diagnóstico armado con dos entrevistas en la gerencia va a describir la empresa que la gerencia cree tener.
¿Qué se hace cuando llega el informe?
Contratar una consultoría no obliga a ejecutar todas sus recomendaciones. La dirección puede cuestionarlas, pedir más evidencia, cambiar prioridades o decidir que una intervención todavía no conviene. Eso también es dirigir. Lo que no debería pasar es que el informe simplemente desaparezca.
Una práctica sencilla ayuda mucho. Pídele a tu consultor que cada recomendación salga de la reunión de cierre con una respuesta. Se hace. Se hace después, y con fecha. O no se hace, y se deja por escrito por qué. Esa lista vale más que el informe, porque es la única que dice qué decidió la empresa.
No se trata de obedecer al consultor. Se trata de decidir qué vas a hacer con lo que encontraste, incluso cuando la decisión sea no hacerlo todavía, y asumir las consecuencias de esa elección.
Un ejemplo, de esos que ayudan a explicar mi punto. Una empresa de productos de consumo contrató un estudio de percepción de su experiencia, y el resultado fue bastante claro. Los productos eran buenos, es más, excelentes, a la altura de los mejores de su categoría, pero ni el servicio, ni el empaque, ni la forma de presentarlos estaban a esa altura. Había un problema serio de coherencia, porque la experiencia completa forma parte del producto, y aquí el producto prometía algo que todo lo que lo rodeaba desmentía.
Les dijimos lo que había que intervenir con urgencia. El empaque, la presentación de los productos y la capacitación de la fuerza de ventas. Trabajamos con ellos bastante de cerca para aterrizar cómo hacerlo. Y al final decidieron poner ese tiempo y esa plata en desarrollar otros productos.
Estaban en su derecho, y era una decisión. Lo que faltó fue la otra mitad, asumir lo que esa elección iba a costar. Todo lo que no se corrigió sigue ahí, y lo más probable es que los productos nuevos lleguen al mercado con la misma experiencia alrededor. O sea, le pusieron más carga a un carro que sabían que estaba mal.
Un carro así no se queda quieto esperando a que haya tiempo o plata. Sigue andando, cada vez con más peso, y lo que hoy era un arreglo pequeño termina siendo una avería que lo puede sacar del mercado.
Y esto vale para cualquier consultoría, no solo para las de comunicación o mercadeo. Vale para quien contrata una consultoría de logística, una revisión de procesos o una asesoría legal. En todos los casos alguien de afuera va a mirar con ojos frescos y va a encontrar cosas, porque para eso se le paga.
Siempre aparece algo. Lo que cada empresa decide es cuánta carga más le pone al carro antes de arreglarlo.
— Lina
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